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PRIMEROS CAPÍTULOS DE “UHLMA II. EL CICLO DE LA FUERZA”

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ADVERTENCIA:

Si no has leído “Uhlma I. El mundo de los sueños”, quizá no deberías seguir leyendo esta entrada, ya que el segundo libro es una continuación directa del anterior y aparecen referencias a lo narrado en la primera novela.

Dicho esto, haz lo que quieras 😉

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CAPÍTULO I

Aún no había amanecido pero el poblado ya era un hervidero de actividad incesante. A la luz de las antorchas, cada uno se ocupaba de las tareas que le habían sido asignadas, sin reparar en la fría humedad, que se condensaba en pequeñas nebulosas flotantes a escasos centímetros del suelo.

En la quietud de la noche, solo se escuchaban algunos ruidos metálicos y el chirriante balanceo de una puerta empujada por la brisa.

En algunos puntos se habían iniciado conversaciones a media voz alrededor de una hoguera y, conforme se iban acabando los preparativos, fueron cada vez más los que se unieron a estos grupos, ansiosos de calor que desentumeciera sus músculos agarrotados.

Adrian llevaba varios minutos en el exterior de su cabaña. El muchacho, envuelto en una capa grisácea, escudriñaba la oscuridad pensativo. Su mente vagaba difusa en una mezcla de recuerdos y reflexiones desordenadas.

—¿Buscas a alguien? —inquirió una voz tras él.

—¿Cómo?

—Que si…

—No, no. Estaba pensando… más o menos. Bueno, la verdad es que no sé muy bien qué es lo que estaba haciendo —reconoció Adrian con una media sonrisa.

—Te comprendo —repuso Dylan.

—¿Cómo te encuentras?

—Supongo que más o menos como tú. Confuso, anhelante, atemorizado, nervioso…

—Oye, yo no siento todo eso. No doy para tanto —le interrumpió Adrian bromeando—. Todo va a ir bien —añadió, rodeando con su brazo los hombros de su amigo.

—Claro que va a salir bien —corroboró Dylan—, para eso estamos nosotros, ¿no?

—Pues espero que haya alguien más, porque si depende solo de vosotros…

—Ya sabes que estás invitado, Matt —dijo Adrian sin girarse.

—Y tú sabes que me encantaría ir, pero Khiros es un cabezota —contestó el muchacho poniéndose serio de repente—. No entiendo por qué tenemos que quedarnos aquí sin hacer nada mientras vosotros arriesgáis vuestra vida. No somos unos cobardes.

—Nadie piensa eso —le tranquilizó Dylan—. Sabemos que queréis acompañarnos, y no dudamos de que nos seríais de gran ayuda. Pero Khiros tiene razón al no permitir que vaya todo el mundo. Va a ser muy arriesgado, demasiado como para jugárselo todo a una carta.

—Es cierto —corroboró Adrian—. Tenemos muy poca información, y existe la posibilidad de que salga mal…

—¿Pero no acabas de decirme que todo va a salir bien? —le espetó Dylan con una sonrisa pícara—. ¡A ver si te aclaras!

—He dicho que existe la posibilidad de que salga mal, pero es una posibilidad muy remota.

—Ah, vale.

—Os veo muy parlanchines para ser tan temprano —opinó Marco saliendo de la cabaña.

—Es para entrar en calor —repuso Adrian ciñéndose la capa con fuerza.

—Pues ya estamos todos. ¿Tenéis que coger algo más? —inquirió Dylan.

—No.

—Entonces, ¿qué tal si vamos a buscar a Khiros?

Caminaron en silencio, atentos a todo lo que ocurría a su alrededor. Por todas partes había gente entrando y saliendo de sus cabañas, y eran muchos los que se quedaban unos instantes mirando a los chicos.

—¿Por qué hacen eso? Me pone nervioso que se fijen tanto en nosotros —se quejó Dylan.

—Todo el mundo piensa que el éxito de esta misión depende de los que tenemos el Don —contestó Marco—, así que es lógico que nos observen; les da seguridad.

—Espero que no cambien de opinión cuando llegue el momento de actuar —repuso Adrian.

—Te veo de lo más seguro —comentó Dylan palmeando la espalda de su amigo.

—¡Buenos días! —les saludó Khiros al reconocerlos—. ¿Cómo os encontráis?

—Pues depende de cuándo nos pregunte —se adelantó a contestar Dylan.

—No os alejéis de aquí —les indicó el Maestro esbozando una sonrisa—, partiremos en media hora. Será mejor que comáis algo, nos espera un largo camino —añadió, señalando unas mesas repletas de comida.

Los chicos se acercaron a las mesas y observaron los alimentos con ojos perezosos. Marco fue el primero en decidirse a coger una fruta y darle un tímido mordisco.

—Buen provecho —dijo Conny acercándose a los muchachos—. Pensaba que ya no veníais.

—¿Lleváis mucho tiempo esperando? —preguntó Dylan extrañado.

—La verdad es que no —reconoció Conny—. De hecho solo estamos Becky y yo, las otras vendrán enseguida.

—¿Dónde está Becky? —inquirió Adrian.

—Allí, hablando con Erhenia —señaló la joven.

Como si les hubieran escuchado, Becky y Erhenia se giraron hacia el grupo de los muchachos y les dirigieron un leve saludo antes de acercarse a ellos.

—¿Preparados? —inquirió Erhenia.

—Claro —contestó Adrian adelantándose a cualquier posible comentario de Dylan—, aunque un poco nerviosos.

—Es normal —les tranquilizó la joven maga—, pero ya veréis como todo va a salir muy bien.

Los muchachos, embelesados por el bello rostro y la dulce voz de Erhenia, no se percataron de la presencia de Khiros, que se había acercado a ellos, acompañado por Judy, Meg y Andy.

—Ha llegado el momento de ponerse en marcha —anunció con resolución—. Volveremos a vernos pronto —añadió, despidiéndose de los que iban a permanecer en el valle.

—Portaos bien en nuestra ausencia, ¿eh? Cuando volvamos quiero que la cabaña esté bien limpia y ordenada —comentó Dylan guiñándole un ojo a Matt.

—No te preocupes —replicó el muchacho—, para eso se quedan las chicas.

—¡Serás machista! —protestaron todas a la vez.

Un breve silencio siguió a las risas originadas por este comentario. Los muchachos intercambiaron unas miradas cargadas de significado y, después, se fueron despidiendo uno a uno.

—Tened mucho cuidado —susurró Andy, bañada en lágrimas, mientras abrazaba a Becky.

—Tenemos que irnos —dijo Adrian a media voz al ver que los otros ya se habían puesto en marcha.

—Volved pronto, por favor —casi gritó Matt cuando ya habían empezado a alejarse—. Me habéis dejado solo con estas tres…

Un cachete de Meg hizo que el muchacho dejase la frase sin terminar.

—Buena suerte —le gritó Dylan—. Creo que vas a necesitarla tanto como nosotros.

 

 

Cruzaron el pasadizo al exterior del valle, alumbrados por la tenue luz de algunas antorchas, distribuidas al azar entre la larga fila de Khenái y Arhanos.

Era la primera vez que los chicos abandonaban el valle desde su llegada meses atrás… Aunque lo cierto era que les parecían años. Su vida anterior se había ido difuminando hasta casi desaparecer. Rara vez comentaban algo sobre sus recuerdos y, cuando lo hacían, acababan perdidos en un laberinto de imágenes y nombres entremezclados, teñidos de tonos irreales.

—¿Cuánto tiempo tardaremos en llegar a Halteán? —le preguntó Conny a Erhenia aprovechando que marchaba junto a ella.

—Dependerá de si nos encontramos con algún obstáculo o no. Pero, si todo va bien, no más de dos días.

—Y una vez allí…

—El plan está claro y lo hemos comentado muchas veces, pero me temo que no será todo tan sencillo y que habrá que improvisar —reconoció Erhenia.

 

El amanecer los encontró marchando por el bosque. En total, la expedición estaba formada por algo más de cien guerreros de las dos razas. Se había hablado mucho sobre la conveniencia o no de enviar un contingente mayor, pero, finalmente, había prevalecido la opinión de Khiros de no arriesgarlo todo en un único intento.

—Aunque lo cierto es que, si esta misión sale mal, dudo mucho de que vuelvan a intentarlo —opinó Marco mientras hablaba de esto con sus compañeros.

—Es cierto —comentó Dylan—, estamos aquí todos los que tenemos el Don y los mejores guerreros. Así que, si nosotros no lo logramos…

—Pero ¿no tendríamos más posibilidades de vencer si fuéramos un ejército más numeroso? —planteó Conny.

—Ya oíste lo que dijo Fréngar. No se va a tratar de un enfrentamiento directo. El objetivo es entrar en la ciudad sin ser vistos, y evitar el combate mientras sea posible.

—Tú lo has dicho —insistió la muchacha—, mientras sea posible. Pero puede que no lo sea y, en ese caso…

 

La primera parada tuvo lugar poco después del mediodía. Algwan se acercó a los muchachos y les comunicó que tenían veinte minutos para comer. Los grupos de exploradores iban y venían incesantemente y, hasta ese momento, las noticias eran esperanzadoras, ya que no habían encontrado ningún destacamento Mashurk.

—¿Creéis que va a ser así de fácil todo el tiempo? —planteó Conny mientras mordisqueaba un trozo de pan.

—Espero que sí —contestó Dylan.

—Los escuadrones de reconocimiento estuvieron tres semanas deambulando por los bosques y no tuvieron ningún problema, así que es posible que nosotros tampoco lo tengamos… Al menos a la ida —razonó Marco.

—Con eso me conformo —confesó Dylan—. Ya nos preocuparemos por la vuelta cuando llegue el momento.

—Quizá nosotros podamos echar una mano para saber si hay enemigos cerca o no —dijo Adrian de repente mirando a Becky.

—¿Cómo? —preguntó Conny—. ¡Ah, claro! ¿Pero creéis que a Khiros le parecerá bien?

—Es cuestión de preguntárselo —repuso Becky levantándose ágilmente—. ¿Vamos?

—Vamos —contestó Adrian poniéndose en pie.

Los demás chicos permanecieron sentados, y vieron a sus amigos acercarse al Maestro, que estaba hablando con Fréngar y Algwan. Aunque no podían escuchar la conversación, los gestos de Adrian y Becky bastaban para comprender lo que se estaba diciendo. Khiros pareció dudar unos instantes pero, finalmente, asintió y, entonces, los muchachos se alejaron unos pasos del grupo y miraron fijamente al cielo.

—Ojalá yo también pudiera hacer eso —suspiró Conny.

—Pues a mí no me dan ninguna envidia —repuso Dylan.

—¿Por qué? ¿Te dan miedo las alturas? —preguntó la muchacha con retintín.

—Las alturas no, las caídas —puntualizó Dylan con una sonrisa.

Mientras tanto, Adrian y Becky habían continuado con la vista fija en el cielo, aunque poco a poco se habían ido separando el uno del otro. De repente, se escuchó un fuerte aleteo y, en un abrir y cerrar de ojos, un águila gigante aterrizó frente a la muchacha, que se acercó a acariciarla como señal de bienvenida.

—¡Es preciosa! —opinó Conny poniéndose en pie.

—Yo que tú esperaría antes de acercarme —le indicó Marco.

Justo entonces, se escuchó un fuerte graznido y el aleteo precedente al aterrizaje de otra gran ave, que se posó en el suelo frente a Adrian.

—Pues a mí me gusta más esta —comentó entonces Dylan—, pero solo para verla desde una distancia prudencial.

—Venga, no seas miedica —le retó Conny—, vamos a verlas antes de que se marchen.

Días atrás, Adrian y Becky habían descubierto que tenían el poder de transformar la energía en vida, infundiendo a las criaturas que eligieran una mayor fuerza y tamaño.

Al principio solo se habían atrevido a ejercer este poder con algunas plantas pero, después, animados por Khiros, decidieron probar también con algún animal.

La primera elegida fue un águila que, tras crecer hasta alcanzar un tamaño superior al de un caballo, se mostró sorprendentemente dócil y, de algún modo, vinculada a los muchachos, que montados en ella, sobrevolaron los alrededores del valle en el que habitaban Khenái y Arhanos. Poco después, cuando se preparaban para el ataque a Halteán, Becky manifestó su preocupación por lo que habían hecho, argumentando que, debido al gran tamaño que había adquirido, habían condenado a la majestuosa ave a vivir en soledad.

—Eso tiene fácil solución —había contestado Adrian.

—¿Sí? ¿Cuál? —fue la sorprendida respuesta de Becky.

—Solo tenemos que hacer lo mismo con otra águila… pero que sea macho —puntualizó el chico.

Y esa misa tarde llevaron a cabo su plan con la ayuda de Khiros, que se mostraba fascinado ante el poder de sus alumnos. Sin saber muy bien cómo, Adrian y Becky habían creado un vínculo entre ellos y las grandes aves. El chico montó sobre el macho recién transformado, que alzó el vuelo elegantemente, seguido de cerca por Becky y su montura. Sobrevolaron el valle a gran velocidad, y con una confianza sorprendente incluso para ellos mismos.

Aquella noche, mientras cenaban con sus amigos, Adrian y Becky tuvieron que esforzarse para no acaparar completamente la conversación contando cómo se habían sentido durante su acrobático vuelo.

—¡Nunca creí que fuera capaz de hacer algo así! —había reconocido la muchacha—. Yo siempre he sido más bien tímida y miedosa, pero es que cuando monto a Whyna es como si llevara haciéndolo toda la vida.

—¿Whyna? —preguntaron casi todos a la vez.

—Se llama así, me lo ha dicho ella —había contestado Becky con una naturalidad que los desarmó.

—¿Y el tuyo se llama…?

—No es mío —corrigió Adrian—, y se llama Thork.

—No sabía que las águilas pudieran hablar, por muy grandes que fuesen —comentó Matt.

—No hablan —había repuesto Becky—, pero de algún modo nos hacen llegar información, sobre todo sentimientos… No sé, no es fácil de explicar.

—No te preocupes, ya estamos acostumbrados —intervino Conny zanjando el problema.

 

 

—Tranquila, Whyna —dijo Becky, acariciando la cabeza de la enorme águila, mientras esperaba a que Adrian estuviese listo.

—No os arriesguéis a que os vean —les indicó Khiros—. Debéis volar suficientemente alto como para que el tamaño de las águilas pase inadvertido.

—Descuide —le tranquilizó Adrian ansioso por despegar—, seremos prudentes. ¡Vamos, Thork!

El fuerte aleteo creo una pequeña corriente de aire que despeinó a Conny, haciendo que su melena rubia le cubriera los ojos y la boca.

—Eso te pasa por acercarte tanto —comentó Dylan con una sonrisa.

Adrian y Becky ya se habían perdido en las alturas, y los demás se prepararon para continuar con la marcha. Todavía quedaba mucho camino por delante y no había tiempo que perder.

 

 

CAPÍTULO II

—Completamente despejado, o al menos eso es lo que nos ha parecido —informó Adrian desmontando de un salto.

A lomos de Thork y Whyna, habían sobrevolado la distancia que les separaba de Halteán en unas pocas horas. Aunque, siguiendo el consejo de Khiros, se habían mantenido siempre a gran altura, su vínculo con las gigantes águilas les había permitido escudriñar el terreno con bastante minuciosidad.

—Pues parece que teníais razón y los Mashurk se han olvidado de nosotros —comentó el Maestro dirigiéndose a Algwan y Fréngar.

—Me temo que eso cambiará después de esta misión —opinó el príncipe Arhano.

—Seguramente, pero mientras tanto, disfrutemos de la ventaja que nos han otorgado —añadió Fréngar.

 

Sin descuidar por completo las medidas preventivas, el grupo avanzó a mayor velocidad, alentados por las noticias que habían traído Adrian y Becky. Llevaban algo más de un día de marcha y se notaba que todos estaban ansiosos por llegar a su destino, aunque una vez allí deberían enfrentarse a un gran peligro.

—Lo peor es la espera —sentenció Dylan—. Tanto si es para bien como si es para mal… cuanto antes, mejor.

—Creo que por una vez estoy de acuerdo contigo —apostilló Conny sonriente, cogiéndose del brazo del muchacho, que la miró entre sorprendido y agradado.

—Pues no te preocupes, porque no vamos a tener que esperar mucho —intervino Marco—. Por lo que me ha dicho Fréngar, llegaremos a las inmediaciones de Halteán dentro de cuatro horas. Aunque esperaremos hasta que anochezca para comenzar nuestra misión.

—¿Así sin más? —preguntó Adrian sorprendido por la inmediatez de los acontecimientos—. ¿Llegamos, atacamos y nos vamos? Yo pensaba que pasaríamos al menos un día explorando el terreno.

—Al parecer no hay demasiados sitios en los que guarecerse cerca de Halteán —le explicó Marco—. Cuanto más tiempo permanezcamos allí, más posibilidades de que nos descubran.

—Pues si eso es lo que han decidido… —dijo Adrian tratando de asimilar la situación.

—Lo dicho —se reafirmó Dylan—, cuanto antes, mejor.

 

 

Tardaron menos de lo previsto en detenerse. Desde donde se encontraban no podían ver la ciudad ni nada que indicase que estaban llegando a su destino, pero Algwan les confirmó que distaban menos de media hora de Halteán, y que, hasta nueva orden, su único cometido era permanecer en silencio.

—¿Tenéis claro lo que deberéis hacer cuando comience el asalto? —les preguntó el Maestro a media voz.

—Mientras todo vaya según lo previsto, sí. Lo que no sabemos es que tendremos que hacer si nos descubren —planteó Becky.

—Si las cosas se tuercen, tendremos que improvisar —reconoció Khiros.

—Ah, bueno, menos mal que tenemos un plan alternativo —comentó Conny.

—Es imposible prever todos los acontecimientos, pero eso no es un problema —repuso el Maestro—, y menos para vosotros.

—¿Qué quiere decir? —inquirió Dylan.

—Poseéis el Don, no lo olvidéis.

—¿Piensa que podemos olvidarlo? Por algo estamos aquí.

—No me refiero a eso. Lo que quiero decir es que, como deberíais haber aprendido en estos meses, el Don no significa solo que tengáis una mayor capacidad de manejar la energía. Es algo mucho más profundo… Está en vuestra naturaleza, en vuestros instintos. Actúa de un modo natural siempre que no se lo impidáis. Si llega el momento de luchar, no os dejéis dominar por el miedo. Mientras seáis dueños de vosotros mismos no tenéis nada que temer.

—Suena muy sencillo, pero no sé si seremos capaces de mantener la calma si la cosa se pone mal —reconoció Conny pensativa.

—Tienes razón —afirmó Khiros para sorpresa de los muchachos—. No lo sabes, pero eso no quiere decir que no vaya a ser así. Sois mucho más poderosos de lo que os pensáis. —Los chicos miraron al Maestro en silencio, tratando de empaparse de la confianza que les transmitía—. Por el bien de los Mashurk, espero que no haya necesidad de combatir —sentenció antes de alejarse.

 

 

—¡En marcha!

Algwan había dado la orden sin alzar la voz, pero las palabras resonaron en el interior de todos los presentes, acelerando su corazón.

—Pase lo que pase, no te separes de mí —le dijo Adrian a Becky en cuanto empezaron a caminar.

La muchacha asintió en silencio.

Ya era noche cerrada.

 

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Autor: Miguel Ángel

Escritor de literatura juvenil

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